PRESENTACIÓN

 



En 2011 se cumple el 450 aniversario del nacimiento de Luis de Góngora y Argote (Córdoba 1561-1627), sin duda, uno de los poetas más innovadores y excesivos de todos los tiempos. Un escritor de minorías que, después de cuatro siglos, sigue resultando transgresor y contemporáneo. Especialmente las Soledades, su obra cumbre escrita en Córdoba tras fracasar como pequeño aristócrata de provincias en la compleja burocracia de la corte. En este retiro cordobés, Góngora construyó la mayor maquinaria lingüística de la literatura española. Con las Soledades, desafió los cánones, mezcló géneros, desbocó el lenguaje e hizo de la metáfora un artefacto sonoro e intelectual.

El poema lo protagoniza un peregrino que huye y que busca al mismo tiempo. Un peregrino (trasunto del propio poeta, o su avatar, si pensamos en términos tecnológicos) que deja atrás la ciudad y que busca en el campo, en lo bucólico, su espacio. Lo que en los Siglos de Oro se llamó “menosprecio de corte, alabanza de aldea”: una moda literaria que Góngora tomó como punto de partida para hablar del homo modernus, del hombre devorado por su tiempo, pero sobre todo para dar al discurso poético una nueva vía expresiva. Porque el autor de las Soledades fue un instigador de lo moderno, un escritor prohibido por la Inquisición y casi silenciado durante tres siglos, que la Generación del 27 rescató del ostracismo precisamente por su capacidad para redimensionar el género poético.

Y redimensionar la palabra es lo que la tecnología está haciendo desde hace varias décadas. La incorporación de la informática al entorno de la poesía está propiciando nuevas formas de textualidad que, según Joan-Ellies Adell, no sólo desbordan el libro y convierten el ordenador en el espacio natural de la obra, sino que también cuestionan la esencia misma de la literatura.

Con motivo del aniversario gongorino, queremos relacionar estas vías artísticas, con la revolución formal que supusieron las Soledades. Investigar las conexiones entre una obra que redefinió el lenguaje en el siglo XVII y unas creaciones que están dando lugar a un nuevo (y emergente) paradigma literario. En este cruce Góngora-tecnología, Soledades 2.0 No moderno artificio, pretende, por un lado, ofrecer una panorámica de autores y expertos que han profundizado en la cultura digital; y por otro, realizar un homenaje al escritor cordobés con invitados que desde parámetros multimedia reflexionan, crean o se inspiran en el más audaz de sus trabajos.

 

CIBERPOESÍA: NO TAN MODERNO ARTIFICIO

La alianza entre verso y artificio (entendido como sinónimo de artefacto, de máquina), no es tan moderna. Ha transcurrido ya más de medio siglo desde que Theo Lutz (ingeniero) y Max Bense (lingüista) crearan el primer “calculador de versos” de la historia.

Desde ese momento y hasta finales de los 80, la poesía electrónica fue objeto de encendidos debates entre detractores y partidarios de invitar o no a la tecnología a los asuntos del espíritu. A su favor nos encontramos a figuras del relieve de Italo Calvino, entusiasta defensor de unas herramientas en las que atisbaba un horizonte sembrado de nuevas posibilidades para los creadores, una suerte de “amplificadores” de la personalidad del poeta. De la misma opinión eran las asociaciones de estudiosos y artistas (OULIPO o ALAMO) que celebraron en sus revistas la llegada de nuevos generadores de poemas.

No será hasta finales de los ochenta con la aparición de formatos como el CD ROM y la propia evolución de la informática, cuando la ciberpoesía experimentará una de sus mayores transformaciones: la de romper su subordinación a la poesía tradicional e iniciar su propio camino, su propio lenguaje, un lenguaje mestizo. Hardware y software han permitido la introducción de elementos tales como sonido, imagen o movimiento poniendo el acento en uno de los rasgos fundamentales de esta nueva forma de entender el poema: la interactividad. El ordenador deja de ser, pues, un mero soporte alternativo al papel para convertirse en el espacio natural de unas obras creadas para su interpretación en medios informáticos y que precisan de las decisiones de cada “lector” para su disfrute.

Los cambios vertiginosos en este campo imprimen a la poesía digital otro de sus rasgos definitorios: la experimentación. No debe extrañarnos, por lo tanto, que busque sus fuentes en las vanguardias de inicios del siglo XX. Así, en muchos de estos trabajos nos encontramos reminiscencias de los caligramas, de la poesía visual o de los juegos dadaístas.

La ciberpoesía entra en el siglo XXI de la mano de la gran revolución que supone internet. Revolución porque las posibilidades de difusión de la web invitan a que el acceso a las creaciones sean “para los muchos”. Y revolución porque la continua aparición de programas y soportes dan lugar a trabajos de elevada complejidad, no sólo en los elementos y formatos utilizados para su elaboración (texto, vídeo, música, movimiento) sino también por la comunicación que establece con el público. La ciberpoesía, actualmente, podría ser definida como una nueva Babel donde los géneros se entremezclan: videojuego, videoarte, performance, instalación… Una multiplicidad de instrumentos al servicio de un único objetivo: acercar el mensaje poético a una sociedad cada vez más inmersa en una cultura tecnológica.